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martes, 19 de abril de 2011

Domingo de Resurrección. ¡FELICES PASCUAS!


"Al tercer día resucitó", en esta piedra angular se basa la fe cristiana. El Señor de la vida había muerto, pero ahora vive y triunfa.
El Domingo de Pascua es el día en el cual Jesús salió de su sepulcro. Este hecho es fundamental para el cristianismo. La historia cuenta que en cuanto se hace de día, tres mujeres van al sepulcro donde Jesús estaba enterrado y ven que no está su cuerpo. Un Ángel les dice que ha resucitado. Van corriendo donde está la Virgen con los Apóstoles y les dan la gran noticia: ¡Ha resucitado! Pedro y Juan corren al sepulcro y ven las vendas en el suelo. El desconsuelo que tenían, ayer, se transforma en una inmensa alegría. Y rápidamente lo transmiten a los demás Apóstoles y discípulos. Y todos permanecen con la Virgen esperando el momento de volver a encontrarse con el Señor.
Éste es el día de la esperanza universal, el día en que en torno al resucitado, se unen y se asocian todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces, la dignidad humana violada, la vida humana no respetada.
En la Resurrección la vocación cristiana descubre su misión: acercarla a todos los hombres.
El hombre no puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien sobre el mal. Por esta razón los cristianos con gran júbilo celebran este día la Misa Pascual del Domingo de Resurrección.
"En este día de tu triunfo sobre la muerte, que la humanidad encuentre en ti, Señor, la valentía de oponerse de manera solidaria a tantos males que nos afligen", clamó el jefe de la iglesia católica. (S.S. Juan Pablo II, 2004)

Sábado Santo.



"Jesús yace en su tumba y los apóstoles creen que todo se acabó. Todo el día sábado su cuerpo descansa en el sepulcro Pero su madre, María, se acuerda de lo que dijo su hijo : "Al tercer día resucitaré". Los Apóstoles van llegando a su lado, y Ella les consuela. "
"El Sábado santo es un día de luto inmenso, de silencio y de espera vigilante de la Resurrección. La Iglesia en particular recuerda el dolor, la valentía y la esperanza de la Virgen María".  
Ella representa la angustia de una Madre que tiene entre sus brazos a su Hijo muerto, pero no se puede olvidar en este momento ella es la única que conserva en su corazón las palabras del anciano Simeón, que si bien él profetizó que Cristo sería signo de contradicción y una espada le traspasaría el alma, también indicó que Jesús sería signo de resurrección.
Lo que los discípulos habían olvidado, María lo conservaba en el corazón: la profecía de la resurrección al tercer día. Y María esperó hasta el tercer día
Generalmente en las mañanas se realizan retiros de reflexión en torno a este tema, y la tarde resulta ser más bien de tranquilidad, oración y de espera al Jesús Resucitado
Ésta se divide en cuatro partes:
- Breve Lucernario: Se bendice el fuego. Se prepara el cirio en el cual el sacerdote con un punzón traza una cruz. Luego marca en la parte superior la letra Alfa y en la inferior omega, entre los brazos de la cruz marca las cifras del año en curso. A continuación se anuncia el Pregón Pascual.
- Liturgia de la Palabra: En ella la Iglesia confiada en la Palabra y la promesa del Señor, recuerda las maravillas que desde los comienzos realizó Dios con su pueblo.
- Liturgia Bautismal: Se hace la renovación de los compromisos bautismales y en muchas ocasiones se realiza el bautismo de un feligrés.
- Liturgia de la Eucaristía: Se celebra la Santa Misa, aunque se realice antes de la media noche, es la Misa Pascual del Domingo de Resurrección. El sacerdote y los ministros se revisten de blanco y con alegría se anuncia la Resurrección del Hijo de Dios.

Viernes Santo. Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El Viernes Santo es el día de pasión y muerte del Señor y del ayuno pascual como signo exterior de nuestra participación en su sacrificio
Este día no hay celebración eucarística, pero tenemos la acción litúrgico después de medio día para conmemorar la pasión y la muerte de Cristo. Cristo nos aparece como el Siervo de Dios anunciado por los profetas, el Cordero que se sacrifica por la salvación de todos.
La cruz es el elemento que domina toda la celebración iluminada por la luz de la resurrección, nos aparece como trono de gloria e instrumento de victoria; por esto es presentada a la adoración de los fieles.
El Viernes Santo no es día de llanto ni de luto, sino de amorosa y gozosa contemplación del sacrificio redentor del que brotó la salvación. Cristo no es un vencido sino un vencedor, un sacerdote que consuma su ofrenda, que libera y reconcilia, por eso nuestra alegría.

Jueves Santo.



"Fecha en la que se conmemora la Última Cena de Jesús con sus discípulos. En ella, Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, donde Él se hace presente a través de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre, y el sacramento del Orden Sacerdotal "
Este día por la mañana en todas las catedrales, los obispos que son, como dice el Concilio, "los principales administradores de los misterios de Dios, que regulan, promueven y custodian toda la vida litúrgica de la Iglesia que les ha sido confiada", celebran una misa muy solemne con todos los sacerdotes ("el presbiterio" de sus diócesis) y en ella los sacerdotes con un solo corazón y una sola alma renuevan sus promesas y su obediencia al Obispo.
En ella, además, se consagran los óleos, es decir, los aceites que se emplean en diversos sacramentos: el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal y la unción de los enfermos.
La consagración de los óleos se celebra precisamente este día para indicar que todos los sacramentos nos relacionan con el Misterio Pascual de Jesús y que todos los sacramentos tienen su culmen y su Centro en la Eucaristía.
Son muchos los gestos que se evocan en el Jueves Santo. Uno de ellos es el signo de humildad y sencillez que realizó Jesús al lavarle los pies a todos sus discípulos, diciéndoles que ellos se los deben lavar unos a otros, "en verdad les digo que el siervo no es más que su señor, ni el enviado más que quien lo envió" (San Juan 13, 16), y el sacerdote en la liturgia lava los pies a doce feligreses.
Luego de celebrar la Eucaristía se expone el Santísimo (Ostia Consagrada) y se realizan vigilias de oración en signo de la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, la noche antes de ser entregado a los sacerdotes.
La Biblia cuenta que terminada la cena de Pascua, el Mesías y sus apóstoles se dirigieron al Monte de los Olivos a orar. Él se distanció un poco, rezaba y sudaba cada vez más fuerte, comenzó a sentirse angustiado porque sabía lo que venía, y un ángel del cielo lo reconfortó.
Cuando fue a buscar a sus amigos se dio cuenta de que estos se habían quedado dormidos, Él les dijo, "ha llegado la hora en que el Hijo de Dios debe ser entregado. Levántense, ya se acerca el que me va entregar".

lunes, 18 de abril de 2011

Nuevamente agradecer.

Nuevamente agradecer, hoy, a todas las personas que entran a mi blog, en menos de dos meses he recibido 1042 visitas, estoy muy feliz de saber que están del otro lado chicos. Les mando besos y bendiciones!!!
                      Rosana de Siempre RdS

En algún lugar del corazón.

Quién no tiene una herida que no cierra
en algún lugar del corazón,
aunque creas que en el fondo está olvidada,
sigue viva escondida en un rincón.

Quién no guarda un amor inolvidable
en algún lugar del corazón,
quien no le hace una sonrisa a los recuerdos
y se entristece porque sabe que no hay dos.

Quién no se ha entregado enamorado
y ha llorado lágrimas de amor,
al hacerle frente a un desengaño
o al haber sufrido una traición.

Quién explica todos estos sentimientos
cuando duele el alma por amor,
si por más que luchemos,  no podemos,
y el que manda, es el Corazón.



Copyright: Rosana Ortiguera
DERECHOS RESERVADOS
 


domingo, 17 de abril de 2011

Aprendí y decidí...

Alguien dijo: Si no te gusta lo que recibes de vuelta, revisa muy bien lo que estás dando...
Aprendí y decidí... Y así después de tanto esperar, un día como cualquier otro decidí triunfar... y decidí no esperar que llegaran las oportunidades, sino salir yo mismo a buscarlas.
Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución, decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis, decidí ver cada noche como un misterio a resolver, decidí ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.
Aquel día descubrí que mi único rival eran mis propias debilidades, y que en ellas mismas está la única y mejor forma de superarnos. Aquel día dejé de tenerle miedo a fallar, o perder y empecé a tenerle miedo a no intentar ganar. Descubrí que yo no era el mejor y que quizá nunca lo fui, me dejó de importar quién ganaba o perdía, ahora lo único que me importa es simplemente saberme mejor que ayer.
Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino jamás dejar de subir. No llegar a una posición, sino mantenerme.
Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener es el derecho a llamar a alguien "Amigo".
Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento, el amor es una manera de vivir.
Aquel día dejé de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente; aprendí que de nada sirve ser luz si no vas a iluminar el camino de los demás.
Aquel día decidí cambiar tantas cosas... aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad, desde aquel día ya no duermo para descansar...ahora duermo para soñar.



El eco de la vida.


Un niño y su padre caminaban entre las montañas. De repente, el hijo tropezó y cayó al suelo gritando Aaahhh!
Para su sorpresa, oyó una voz a lo lejos que gritaba como él.
Con curiosidad el niño preguntó: ¿Quién está ahí?
¿Quién está ahííí…? Le respondieron.
Molesto con la respuesta, el niño gritó: ¡Cobarde! Pero le respondieron de la misma manera: ¡Cobardeee…!
El niño desconcertado le preguntó a su padre: -¿Qué sucede papá?
El padre, sonriendo le dijo: Hijo mío, presta atención.
Se levantó y dirigiéndose a la montaña, gritó: ¡Te admiro!
La voz respondió: ¡Te admirooo...!
Volvió a gritar: ¡Eres un campeón!
Y la voz le respondió: ¡Eres un campeónnn...!
El niño estaba asombrado y no entendía. Se llama Eco, le explicó el padre, aunque en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces. Nuestra vida es simplemente un reflejo de nuestras acciones.
Si deseas más amor en el mundo, crea más amor a tu alrededor. Si deseas felicidad, da felicidad a los que te rodean. Si quieres recibir una sonrisa, sonríe a los que conoces.
Esta relación se aplica a todos los aspectos de la vida. La vida te dará de regreso, exactamente aquello que tú le has dado. Tu vida no es una coincidencia, es un reflejo tuyo.

jueves, 14 de abril de 2011

El Via Crucis o Camino de la Cruz

Primera estación:
“Jesús condenado a muerte”


Está el injusto juez sentado en el tribunal, y a sus pies el Hijo de Dios, juez de vivos y muertos, las manos atadas como un delincuente, oyendo serenamente su sentencia de condenación. ¡Jesús mío querido! ¡Tú, autor de la vida, condenado a muerte! ¡Tú, inocencia y santidad, condenado a una muerte humillante, como el último malhechor! Qué amor tan grande el tuyo y qué ingratitud tan grande la mía, pues te condeno de nuevo cada día. Y ¿por qué? ¡Por seguir una mala inclinación, un interés mezquino o el temor a lo que digan los otros!
Perdóname, Jesús mío, y por ese tribunal injusto que soportaste, no permitas que caiga un día sobre mí la sentencia de muerte eterna, que merecían mis pecados. 

Segunda estación:
“Sale Jesús con la cruz a cuestas”
 
¡Y quieres, inocente Jesús mío, llevar Tú mismo, como otro Isaac, el instrumento del suplicio! ¡Estás exhausto de fuerzas! ¡Tus espaldas y hombros están doloridos y rasgados por los azotes! ¡La cruz es larga y pesada! Y cuánto no acrecientan todavía su peso mis iniquidades y las de todo el mundo... Sin embargo, la aceptas, y besándola la abrazas y llevas decididamente por mi amor.
Y yo, pecador, ¿aborreceré la ligera cruz que Dios me envía? ¿Pretenderé yo ir al cielo por los deleites y comodidades, yendo allá el inocentísimo Jesús por el dramático camino de la cruz?
Reconozco mi engaño, Salvador mío; envíame penas y tribulaciones, que resuelto estoy a sufrirlas con resignación y alegría, por amor de un Dios que tanto padeció por mí. 

Tercera estación:
“Jesús cae la primera vez”
 
No es extraño, Jesús mío, que sucumbas rendido al enorme peso de la cruz. Lo que me estremece es ver la inhumanidad con que te tratan. Hasta los mismos animales inspiran más compasión. Pero cae el Rey de los cielos y la tierra, quien sostiene el universo, y tus verdugos no se conmueven. Hay una malicia e insensibilidad que no parece humana, parece diabólica...
¿Y qué hacías, en qué pensabas entonces, Señor?. En ti pensaba, pecador, por ti sufría con paciencia lo que tú habías merecido. Para librarte de tus pecados he querido pasar estos momentos de dolor e ignominia. ¿No estás todavía satisfecho? ¿Quieres aún que continúe este camino que ya se me ha hecho tan largo? Aquí me tienes.
¡No, Jesús mío, no!; antes morir que volver a ofenderte. 


Cuarta estación:
“Jesús encuentra a su Madre”
 
¿Qué sentiste, Madre de dolores, al ver aquél espectáculo? Se ha dado sentencia de muerte sobre tu Hijo, los amigos lo han dejado solo y lo siguen a distancia, una multitud que se pliega a las burlas, injurias y blasfemias. Tu Hijo entre dos malhechores y la guardia romana. Cuando adolescente, perdido, lo buscaste con angustia, pero lo encontraste sano y salvo en el Templo. Ahora te lo llevan al sacrificio como a un cordero. ¡Qué distinto será! ¿Lo conoces, Madre? ¿Es ése tu Hijo, tu fiel reflejo, el más hermoso de los hijos de los hombres? ¿Es éste el esplendor de la gloria del Padre, la admiración de los ángeles? ¡Cómo ha cambiado todo! Ya no están los reyes ni los pastores ni los ángeles que celebraron su venida con himnos de alabanza. Ahora hay sudor y sangre en su rostro que no puedo secar y esa corona de espinas que no puedo quitarle...
¡María, mujer afligida entre todas las mujeres! ¡María, la del corazón y del amor inmaculado, tu dolor es tan grande como tu amor! ¡Qué serena fortaleza te da la unión a Dios! ¡Oh Jesús! ¡Oh María! Perdonad al verdadero causante de tanta aflicción y nunca me dejéis en el camino de mi cruz.

Quinta estación:
“Jesús ayudado por el Cireneo”
 
Temiendo los judíos no se le muriese Jesús antes de llegar al Calvario, no por aliviarle, sino por el deseo que tenían de crucificarle, buscan quien le ayude a llevar la cruz, y no le encuentran. Había entonces en Jerusalén tantos millares de hombres, y sólo Simón Cireneo acepta este favor, y aun por fuerza.
¿Y así te desamparan, Jesús mío? ¿No fueron cinco mil los hombres que alimentaste con cinco panes en el desierto? ¿No son innumerables los ciegos, paralíticos y enfermos que sanaste? ¡Y nadie quiere llevar tu cruz! ¡Ni siquiera tus apóstoles, ni Pedro! ¡Y ella, no obstante, nos predica la amplitud de tu misericordia, la longitud de tu poder y la profundidad de tu sabiduría infinita! ¡Qué misterio incomprensible! Muchos admiran tus prodigios y tu doctrina, mas pocos gustan de padecer contigo.
Teman, pues, los que eluden la cruz, oyendo a Cristo que dice: “El que no carga la cruz y viene en pos de Mí, no puede ser mi discípulo.” 


Sexta estación:
“Verónica enjuga el rostro de Jesús”
¡Qué temple el de esta mujer! Aquel rostro, reflejo de un alma santísima y de la misma plenitud de la divinidad, está marcado por el cansancio, cubierto de polvo, sudor y sangre. Pero ella, en un arranque de nobleza, desafiando los peligros, se quita el pañuelo y le enjuga el rostro.
¡Cómo confunde esta mujer fuerte la cobardía de tantos cristianos que por respeto humano no se atreven a obrar bien! ¡Dichosa Verónica! Dios te premia ese gesto de grandeza de alma dejando su rostro estampado en el lienzo.
¿Quiero yo que Dios restaure mi alma con la imagen de su Hijo? Me venceré a mí mismo, despreciaré el respeto humano e imitaré el ejemplo de la Verónica. Quiero ser otro Cristo donde el Padre se complazca. 

Séptima estación:
“Jesús cae la segunda vez”
 
Cae el Señor segunda vez bajo la cruz; nuevas injurias y golpes, nueva crueldad de parte de los judíos; nuevos dolores y tormentos, nuevos rasgos de amor de parte de Jesús. Parece que el infierno desahoga contra Él todo su furor. Mas ¿qué hará el Señor? ¿Dejará la empresa comenzada? ¿Hará como nosotros, que a una ligera contradicción abandonamos el camino de la virtud? No. Bien podrán decirle: Si eres Hijo de Dios baja de la cruz, deja la cruz; por lo mismo que lo es, allí permanecerá, a ella se aferrará hasta morir.
¿Cuándo, Señor, imitaré tu heroica constancia? No siendo coronado sino el que combatiendo legítimamente persevere hasta el fin, ¿de qué me servirá abrazar la virtud y llevar la cruz solamente algunos días? Cueste, pues, lo que costare, quiero, con tu divina gracia, amarte y servirte hasta morir.

Octava estación:
“Jesús consuela a las santas mujeres”
 

¡Qué amor tan ardiente! Los que sufren, piensan y hablan de sus penas. Pero Tú, olvidando tus agudos dolores, te acuerdas de nosotros. Hijas de Jerusalén, dice a las mujeres que compadecidas lo seguían llorando, no lloréis por Mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.
Pero ¿puede haber motivo más digno de llanto que la pasión y muerte de nuestro Redentor? Sí, hay cosa más digna de lágrimas, y de lágrimas eternas, y es el pecado. Pues el pecado es la única causa de la pasión y muerte tan ignominiosa; él es el origen y el colmo de todos los males; mal terrible, el único mal. ¡Y no obstante yo peco con tanta facilidad! ¡Y recaigo tan a menudo en el pecado! ¡Y paso tranquilo días, meses, años y hasta la vida entera, si no en el pecado, al menos en la tibieza y en la mediocridad!

Novena estación:
“Jesús cae la tercera vez”
 
¿Qué es esto, Jesús mío? ¡En Ti fueron hechas todas las cosas, eres el recapitulador del universo, vencedor del poder del infierno y de la muerte, y te vemos nuevamente caído en tierra!
¿Y qué, hijo mío? ¿No has pecado más de dos o tres veces? ¿No recaes a diario, no eres inconstante en mi seguimiento? Hoy haces generosos propósitos y mañana ya están olvidados; ahora me entregas el corazón y un instante después te dejas ganar por los placeres de la carne, las frivolidades del mundo o los reclamos de tu amor propio. La historia de Pedro se repite en cada uno de los hombres. Por eso he caído por segunda y tercera vez, para expiar tus continuas recaídas. Caigo para que te levantes pronto del pecado, para que salgas de la tibieza, para que no te expongas de nuevo al peligro, para que no vayas a caer en el fuego inextinguible del infierno.
Gracias, Dios mío, por tu inefable bondad; y por esta tan dolorosa caída, dame fuerza, te lo suplico, para que me levante por fin de mi vida de pecado, y camine firme y constante en tu santo servicio.

Décima estación:
“Jesús despojado de sus vestiduras”
 
Cuando te tratan una herida, por cuidado que tenga la más delicada madre, ¡qué dolor no sientes al curarte y vendarte! ¿Cuál sería el tormento de Jesús al quitarle las vestiduras y manipular ese cuerpo agobiado por el cansancio, herido por la flagelación y la fatiga del camino? Más aún, ¡te quitan los vestidos, Señor, y te exponen desnudo en medio de una multitud! ¿En qué pensabas, Jesús mío, frente a tantos agravios juntos?
En ti pensaba; en tus pecados de impureza y los de todo el mundo. En tantas faltas que desde la adolescencia comienzan a degradar a los hombres y los hacen ciegos e incapaces de los bienes del cielo. Sé cuánto te cuesta deshacerte de aquel mal hábito, privarte de aquel placer, separarte de aquella mala amistad. Todo esto te quería decir con aquellos profundos dolores que me afectaron el cuerpo y el alma.
¡Señor, qué inmensa caridad la tuya y qué grande insensibilidad la mía! Nunca más, Señor, renovar estos dolores con mis pecados.


Undécima estación:
“Jesús clavado en la cruz”
 
¿Quién de nosotros tendría valor para sufrir que le atravesasen pies y manos con gruesos clavos? ¿Quién tendría ánimo para ver así atormentado incluso a su mayor enemigo? Pues este tormento padece Jesús por nuestro amor. Ya le tienden sobre la cruz, ya le clavan aquellas manos omnipotentes que tantas veces se habían levantado para sanar y bendecir, ya brota su preciosa sangre. Así, al golpeteo del martillo se va consumando el sacrificio del manso cordero que quita los pecados del mundo.
Ahí está también su Madre. Lo que Tú, Redentor mío, sufres visible e interiormente, Ella lo padece en su interior, pues siempre guardó tus cosas en su corazón.
Que no deje, Señor, de contemplarte, y de contemplar a tu Madre, y siempre recuerde que yo también he estado presente y he tenido mucho que ver en este doble sacrificio.

Duodécima estación:
“Jesús muere en la cruz”

Contempla ahora a nuestro Cristo puesto en la cruz y seguirás oyendo y viendo cosas admirables. La cruz se convierte ahora en una cátedra, un púlpito de las más profundas enseñanzas y ejemplos.
Cuando todos esperaban insultos o quejidos, escuchan de sus labios: Perdónalos porque no saben lo que hacen. Lo ha dicho por los verdugos romanos, por los paganos, por los judíos entregadores  y todos los de su raza, por ti y por mí. Desde entonces tiene eficacia el perdón del sacerdote. Ahora el Señor se dirige a aquel hombre que estaba crucificado junto a Él, despreciado de la sociedad, a quien nadie valoraba ni acompañaba, para responder no tanto al pedido de sus palabras como a la sed de su corazón: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¿Quién podrá desesperar si el ladrón confía? Pero ahí está su Madre y el único Apóstol fiel. Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu Madre.  En la prueba y el dolor descubrirás la necesidad de María; Ella estará siempre al pie de tu cruz.
¡Cuántas gracias han brotado de este monte! A través de ellas hemos llegado a la fuente misma: el sacrificio de Cristo. En este nuevo Templo de la humanidad puedes ver a la Víctima inmaculada  en el instante mismo del sacrificio de su alma y de su cuerpo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?; Tengo sed. Ahora escucha al Sacerdote: Todo está consumado; Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Jesús mío, que nunca olvide este momento y te busque siempre en las fuentes del perdón y de la Eucaristía.

Decimotercera estación:
“El descendimiento del Señor”
 
Tu Hijo ha muerto, Madre mía, mis pecados son los verdugos que le hicieron sufrir y le dieron muerte tan cruel. Sí, yo lo dejé solo en el huerto, yo lo condené en tres tribunales, yo lo he flagelado, yo he sido el peso de esa cruz y la agudeza de los clavos. Ese cuerpo tan hermoso, obra del Espíritu Santo que llevaste en tu seno, ahora lo recibes tan cambiado. Soy yo también quien atravesó tu corazón con una espada de dolor. ¿Dónde iré? ¿Dónde me ocultaré?
He pecado, Madre mía, como Pedro y como Judas. Pero he aprendido que siempre hay perdón si nos acercamos a tu Hijo. Una palabra suya bastará para sanarme. Sé además que Tú eres mi Madre y yo soy tu hijo. Jesús acaba de traspasar en mí los derechos que tenía a tu amor. Recíbeme, entonces, con el amor con que recibiste a tu Hijo hasta los últimos momentos de su vida. Me amparo, pues, en tus brazos con la más viva confianza. No me desprecies, refugio maternal de pecadores arrepentidos, y ampárame ahora y en la hora de mi muerte.

Decimocuarta estación:
“Jesús puesto en el sepulcro”
 
José de Arimatea y Nicodemo, ungiendo el cuerpo con aromas, le ponen en un sepulcro nuevo, sellándolo con una losa de piedra.
¡Cuántos sentimientos se mezclan también ahora en el corazón de esa Madre admirable! Por un lado, los últimos recuerdos de la injusticia de los tribunales y los padecimientos de la cruz; por otro, el dolor de ya no verlo ni tocarlo. Pero es aún más fuerte en su alma el consuelo del valor infinito de este sacrificio. En la cruz ya se han visto los primeros brotes de una primavera inagotable que se extenderá por todos los siglos. Sabe Ella también que pronto el Señor ha de resucitar como primicia para todos los mortales. Aunque los demás duden, para Ella es una certeza del corazón, sostenida por la palabra misma de su Hijo. Feliz de Ti que has creído. Esa tumba es para Ti un nuevo seno materno, semejante al tuyo, de donde esperas que nazca como en los días de Belén, pero ahora con cuerpo glorioso.
¡Sepulcro afortunado, que encierras el cuerpo del Hijo de Dios y el corazón de su Madre, guarda también con esos tesoros mi pobre corazón! Sea éste para ti el sepulcro donde descanses; sean los puros afectos de mi alma los lienzos que te envuelvan y los aromas que te consuelen. Muera yo a las fascinaciones y vanidades del mundo para que, viviendo según el espíritu de tu Hijo, espere confiado la resurrección gloriosa y la vida eterna.