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domingo, 4 de octubre de 2015

La iglesia recuerda hoy a San Francisco de Asís.



Hoy octubre 4, celebramos la fiesta de San Francisco de Asís. ¿Quién fue este Santo? – Nada menos que el fundador de la fraternidad de hermanos menores o mejor conocida como Franciscanos…
Francisco nació en Asís en Umbría, región de Italia, en 1811 ó 1182 y murió en Octubre 4, 1226. Su padre fue un rico comerciante que vendía telas, llamado Pietro Bernardote. Su madre, llamada Pica, no se sabe mucho de ella, pero se dice que perteneció a una familia noble de Provenza. Francisco, cuando fue bautizado recibió el nombre de Giovanni, pero su padre luego lo cambió a Francisco.
De los sacerdotes de San Jorge en Asís recibió algo de instrucción elemental, tal vez recibiendo un poco más de instrucción de la escuela de trovadores. Pero en general, no fue estudioso y no tuvo una educación literaria completa. Tampoco se interesó por el negocio de su padre, por lo que podemos decir que el santo durante su vida de joven nunca dio indicio de lo que iba a ser en el futuro. Ahora bien, fue muy amado y siempre tenía preparado un chiste, cantaba alegremente. También se dice que era guapo, alegre, valiente y cortés, que pronto se convirtió en el principal favorito entre los jóvenes nobles de Asís, y el rey de las fiestas. Pero siempre Francisco mostró una simpatía por los pobres.
Cuando tenía casi veinte años, lucho contra los Perugianos y fue capturado y puesto preso por más de un año, enfermó y regresa con el sueño de abrazar la carrera militar. Pero en 1205, Francisco tuvo un sueño donde escuchó una voz que le decía que debía regresar a Asís. No mucho tiempo después de su regreso a Asís, Francisco se encontraba rezando ante un crucifijo en la antigua ermita abandonada de San Damián, cuando oyó una voz que le decía: “Ve, Francisco, y repara mi casa, que como veis es caer en la ruina”. Corrió a la tienda de su padre, tomó montón de cortinas de colores, y las vendió junto con su caballo para adquirir el dinero necesario para restaurar a la ermita. Sin embargo, el sacerdote que ofició allí se negó a recibir el oro obtenido. Esta experiencia más el hecho de evitar la ira de su padre, Francisco se escondió en una cueva cerca de San Damián durante todo un mes, pero cuando salió su padre lo encerró en un closet oscuro.
Liberado por su madre regresa a San Damián, aquí encontró refugio con el sacerdote. Su padre lo citó a través de las autoridades y lo obligó a renunciar de su herencia. La respuesta de Francisco fue que como había entrado al servicio de Dios ya no estaba bajo la jurisdicción civil, se despojó de la ropa que vestía, y dándosela a su padre, le dijo: “Hasta ahora te he llamado padre en la tierra, a partir de ahora sólo quiero decir Padre nuestro que estás en los el cielo”. De ahí Francisco pasó muchas penurias y estuvo en la ciudad mendigando piedras para la restauración de San Damián.
San Francisco fue una persona que ha asombrado e inspirado a la Iglesia, quien tomó literalmente el evangelio en un sentido fundamentalista, pero en realidad siguiendo y practicando todo lo que Jesús dijo e hizo, con alegría, sin límite y sin una pizca de hacerse importante, quien quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior y se convirtió en un trabajador de Cristo, totalmente pobre y humilde. Dos años antes de su muerte a los 44 años, recibió los estigmas, las heridas reales y dolorosos de Cristo en sus manos, pies y costado.

sábado, 4 de octubre de 2014

San Francisco de Asís.



SAN FRANCISCO DE ASÍS
Fundador de la Orden de los Franciscanos
Hoy, 4 de octubre, celebramos a san Francisco de Asís. Nació en Asís, Italia en 1181 ó 1182. Su padre era comerciante y su madre pertenecía a una familia noble. Tenían una situación económica muy desahogada. Las gentes apodaron al niño “francesco” (el francés) aunque éste había recibido en su bautismo el nombre de “Juan.”
En su juventud no se interesó ni por los negocios de su padre ni por los estudios. Se dedicó a gozar de la vida sanamente, sin malas costumbres ni vicios. Gastaba mucho dinero pero siempre daba limosnas a los pobres. Le gustaban las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores.
Cuando Francisco tenía como unos veinte años, hubo pleitos y discordia entre las ciudades de Perugia y Asís. Francisco fue prisionero un año y lo soportó con alegría. Cuando recobró la libertad cayó gravemente enfermo. La enfermedad fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se recuperó, decidió ir a combatir en el ejército. Se compró una costosa armadura y un manto que regaló a un caballero mal vestido y pobre. Dejó de combatir y volvió a su antigua vida pero sin tomarla tan a la ligera. Se dedicó a la oración y después de un tiempo tuvo la inspiración de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio. Se dio cuenta que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Un día se encontró con un leproso que le pedía una limosna y le dio un beso.
Visitaba y servía a los enfermos en los hospitales. Siempre, regalaba a los pobres sus vestidos, o el dinero que llevaba. Un día, una imagen de Jesucristo crucificado le habló y le pidió que reparara su Iglesia que estaba en ruinas. Decidió ir y vender su caballo y unas ropas de la tienda de su padre para tener dinero para arreglar la Iglesia de San Damián. Su padre lo llevó a su casa y lo golpeó furiosamente, le puso grilletes en los pies y lo encerró en una habitación (Francisco tenía entonces 25 años). Su madre se encargó de ponerle en libertad y él se fue a San Damián.
Después se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, de los benedictinos, que estaba en una llanura cerca de Asís. Era un sitio muy tranquilo que gustó mucho a San Francisco. Sus palabras llegaban a los corazones de sus oyentes. Al saludar a alguien, le decía “La paz del Señor sea contigo”. Dios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros.
San Francisco tuvo muchos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. Cuando ya eran doce discípulos, San Francisco redactó una regla breve e informal que eran principalmente consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Después de varios años se autorizó por el Papa Inocencio III la regla y les dio por misión predicar la penitencia.
En 1212, el abad regaló a San Francisco la capilla de Porciúncula con la condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. Él la aceptó pero sólo prestada sabiendo que pertenecía a los benedictinos. Alrededor de la Porciúncula construyeron cabañas muy sencillas. La pobreza era el fundamento de su orden. San Francisco sólo llegó a recibir el diaconado porque se consideraba indigno del sacerdocio. Se distinguían por su gran capacidad de servicio a los demás, especialmente a los leprosos a quienes llamaban “hermanos cristianos”. Debían siempre obedecer al obispo del lugar donde se encontraran.
Santa Clara oyó predicar a San Francisco y decidió seguirlo en 1212. San Francisco consiguió que Santa Clara y sus compañeras se establecieran en San Damián. La oración de éstas hacía fecundo el trabajo de los franciscanos.
San Francisco conoció en Roma a Santo Domingo que había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia.
En la Navidad de 1223 San Francisco construyó una especie de cueva en la que se representó el nacimiento de Cristo y se celebró Misa.
En 1224 se retiró al Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. La única persona que lo acompañó fue el hermano León y no quiso tener visitas. Es aquí donde sucedió el milagro de las estigmas en el cual quedaron impresas las señales de la pasión de Cristo en el cuerpo de Francisco. A partir de entonces llevaba las manos dentro de las mangas del hábito y llevaba medias y zapatos. Dijo que le habían sido reveladas cosas que jamás diría a hombre alguno. Un tiempo después bajo del Monte y curó a muchos enfermos.
La salud de San Francisco se fue deteriorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaron y ya casi había perdido la vista. En el verano de 1225 lo llevaron con varios doctores porque ya estaba muy enfermo. Poco antes de morir dictó un testamento en el que les recomendaba a los hermanos observar la regla y trabajar manualmente para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. Al enterarse que le quedaban pocas semanas de vida, dijo “¡Bienvenida, hermana muerte!” y pidió que lo llevaran a Porciúncula. Murió el 3 de octubre de 1226 después de escuchar la pasión de Cristo según San Juan. Tenía 44 años de edad. Lo sepultaron en la Iglesia de San Jorge en Asís.
Son famosas las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Señor, del conejillo que no quería separarse de él y del lobo amansado por el santo. Algunos dicen que estas son leyenda, otros no.
San Francisco contribuyó mucho a la renovación de la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media. El ayudó a la Iglesia que vivía momentos difíciles.
San Francisco nos enseña a vivir la virtud de la humildad. San Francisco tuvo un corazón alegre y humilde. Supo dejar no sólo el dinero de su padre sino que también supo aceptar la voluntad de Dios en su vida. Fue capaz de ver la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre. Veía la grandeza de Dios en la naturaleza.
Nos enseña a saber contagiar ese entusiasmo por Cristo a los demás. Predicar a Dios con el ejemplo y con la palabra. San Francisco lo hizo con Santa Clara y con sus seguidores dando buen ejemplo de la libertad que da la pobreza.
Nos enseña el valor del sacrificio. San Francisco vivió su vida ofreciendo sacrificios a Dios.
Nos enseña a vivir con sencillez y con mucho amor a Dios. Lo más importante para él era estar cerca de Dios. Su vida de oración fue muy profunda y era lo primordial en su vida.
Fue fiel a la Iglesia y al Papa. Fundó la orden de los franciscanos de acuerdo con los requisitos de la Iglesia y les pedía a los frailes obedecer a los obispos.
Nos enseña a vivir cerca de Dios y no de las cosas materiales. Saber encontrar en la pobreza la alegría, ya que para amar a Dios no se necesita nada material.
Nos enseña lo importante que es sentirnos parte de la Iglesia y ayudarla siempre pero especialmente en momentos de dificultad.


miércoles, 20 de marzo de 2013

Cántico del Hermano Sol.




Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti sólo, Altísimo corresponden
y ningún hombre es digno de mencionarte.

Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente messer hermano Sol,
el cual es día, y nos iluminas por él.
Y es bello y radiante con gran esplendor:
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por hermana Luna y las Estrellas:
en el cielo las has formado claras, preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor por hermano Viento,
y por Aire y Nublo y Sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor, por hermana Agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por hermano Fuego,
por el cual nos alumbra la noche:
y él es bello y jocundo y robusto y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por hermana nuestra madre Tierra,
la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos
con coloridas flores y hierba.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Dichosos aquellos que las sufrirán en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por hermana Muerte corporal,
de la que ningún hombre viviente puede escapar:
¡Ay de aquellos que morirán en los pecados mortales!
¡Dichosos los que encontrará en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alabad y bendecir a mi Señor
y dadle gracias y servidlo con gran humildad.

San Francisco de Asís


sábado, 1 de octubre de 2011

4 de octubre: San Francisco de Asís


San Francisco nació el 1182 en Asís, aunque Dante quería llamarla Oriente, pues allí nació para el mundo un sol. Era hijo de Pedro Bernardone y de Mona Pica. Hasta los 24 años llevó una vida muy disipada.
Cayó enfermo y decidió cambiar. Pronto lo olvidó. Entró un día en San Damián, y una voz de Cristo le decía: «Francisco, repara mi Iglesia, que, como ves, amenaza ruina». Y se puso a reparar aquella iglesia.
Su padre lo recoge y lo encierra en casa. Francisco tira por la ventana los paños de su padre, que lo arrastra ante el obispo para castigarle. Francisco dijo: «En adelante sólo diré, Padre Nuestro que estás en los cielos, no padre Bernardone, pues le devuelvo dinero y vestidos». Y se marchó.
Su vocación se le aclaró en la fiesta de San Matías. A1 oír en el Evangelio que los servidores de Cristo no debían poseer oro ni plata, ni alforja, ni calzado ni dos túnicas, exclamó, según Celano: «Esto es lo que yo buscaba y lo que quiero cumplir». Y se decidió a seguir en todo al pie de la letra el Evangelio y los pasos de Nuestro Señor. Le siguieron discípulos. Y una noble doncella, Clara. Clara de nombre y clara por sus obras. Este es el mensaje de Francisco: Reproducir en todo la vida de Jesús, vivir su pobreza, imitar sus pasos y doctrinas. «El mismo Dios me reveló, dice su Testamento, que debía vivir según la norma del Santo Evangelio».
Según las Florecillas, Cristo quiso renovar su vida y pasión en Francisco. Francisco eligió doce compañeros como Jesús, y al morir mandó traer unos panes, los bendijo y repartió. Dicen que Mona Pica lo dio a luz en una cueva. Comenzó en Greccio la devoción del «Pesebre». Recibió las llagas. Fue predicador ambulante. Peregrinó a Tierra Santa. Y a Santiago de Compostela.
Tuvo gran amor a la Virgen, amor que extendió a todos los hombres. Mimaba a los enfermos y besaba a los leprosos. Sólo al hermano Mosca no lo quiso admitir, porque «ni oraba ni trabajaba y vivía como un zángano».
Ampliaba el amor a los animales y les hablaba con cariño, incluso al lobo de Gubbio. Si pudiera, el día de Navidad repartiría trigo para todos. En el Cántico del Sol llama hermanos a todas las criaturas.
Vivía y recomendaba la oración prolongada, la obediencia, la hospitalidad, la alegría -¡la perfecta alegría!-, la humildad, hasta el punto de no querer pasar de diácono. Era enemigo de discutir: «¡Señor, hazme instrumento de tu paz!» Amaba sobre todo a la santísima pobreza, la Dama Pobreza. Pide al Papa en Roma les conceda llevar ese género de vida.
«Casi ciego ya por la mucha penitencia y continuo llorar», vio que le llegaba la muerte. «Sea bienvenida mi hermana la muerte», exclamó. Pidió que le leyeran el Evangelio de la Pasión y que Fray Ángel y Fray León le cantaran la estrofa de la hermana muerte, y se durmió en el Señor. Murió en la Porciúncula, el 4 de octubre de 1226, a los 44 años de edad, mirando a Asís.
Fue canonizado dos años después en Asís por Gregorio IX. Dos años más tarde fueron trasladados sus restos a su Basílica, tan hermosamente decorada por los frescos del Giotto. Dieron un rodeo, pasaron por San Damián, y ante las rejas abrieron el féretro para que Santa Clara, su más preciosa plantita, contemplara su cuerpo, fresco como el de un niño.
San Francisco trajo al mundo una nueva primavera. El pueblo le llamó «el Cristo de la Edad Media». Lope de Vega lo apellida «Lugarteniente de Cristo». Isabel la Católica lo invocaba como «Alférez de Cristo, padre mío y muy amado y especial abogado». San Francisco es una figura irrepetible.